México no está dividido
¿Cuál polarización?
José G. Muñoz García
La polarización que los medios electrónicos nos venden –de un lado, los que exigen el voto-por-voto-casilla-por-casilla y del otro, los que defienden “la paz”— es más falsa que la pureza democrática de Estados Unidos, pues de ser así, habría al menos 21 millones de cada lado y lo que tenemos son unos cinco o seis millones de personas adictas a un Mesías (Krauze dixit) dispuestas a inmolar a todo hereje que se atreva a dudar del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, el pasado 2 de julio.
Ciertos microuniversos acusan la división; los podemos apreciar en el seno de algunas familias que habitan la capital de la República la mitad cree que un millón de funcionarios de casilla se confabularon o fueron comprados por los perversos consejeros del IFE, junto con otros de “arriba”, para perpetrar el megafraude con el que se pretende arrebatar el triunfo al Rayo de esperanza.
La otra mitad se muestra incrédula ante esta especie de hipnosis colectiva que provoca insólitas actitudes de catarsis multitudinaria, que incluye la instalación de cientos de pequeños Santos Oficios que acusan y sentencian a la hoguera en juicios sumarísimos a los herejes que no votaron por El Salvador de Macuspana.
El país no está dividido –polarizado, dicen los intelectuales— entre buenos y malos. La vida en esta capital sigue su curso normal. Lo vemos en las oficinas, las fábricas, las calles, los super; en las modernas salas de cine se consumen sin más reflexión lo mismo las aguas negras del imperialismo que las tradicionales palomitas de maíz; entran sin problemas los de tez morena que los de piel blanca; nadie les pide como requisito moños blancos ni tricolores. Jamás preguntan por quién votó.
En las calles de la capital se ve gente que se transporta a su trabajo; a vendedores ambulantes que ofrecen sus mercancías piratas a pecho y despecho de cualquier autoridad. La clase media satura los restaurantes de Polanco, Zona Rosa, Insurgentes y Reforma; los diableros de La Merced engullen seis tacos de nana, cuatro de surtida y dos de maciza.
Las chicas de la vida galante lucen sus nada discretas minifaldas en Súllivan, Insurgentes, Calzada de Tlalpan o La Merced y no se nota que riñan o estén polarizadas.
Los franeleros tiran a mansalva el chorro de agua sucia sobre los parabrisas de los autos en cada esquina que tenga semáforo, para ganarse pa un taco; en las oficinas de gobierno los burócratas se solazan en decir que no se puede hacer el trámite que pide el ciudadano ingenuo.
Los hospitales del IMSS, ISSTE y la Secretaría de Salud, registran filas descomunales para informarle a cada paciente, luego de tres horas de espera, que no hay la medicina en bodega; que puede volver dentro de tres meses. Del megafraude no se acuerdan ni las enfermeras ni los doctores, que engullen tortas y refrescos mientras el respetable se resigna.
Los policías diurnos y nocturnos salen a la caza de infractores para completar el entre y pa’ los zapatos de los chavos
Los intelectuales “de izquierda” azuzan a la masa a “defender el voto de los mexicanos” ¿Los 105 millones que somos? ¿Los 71 millones que estamos en el padrón? ¿Los 42 millones que votamos? Los guías no especifican y los mesías se regodean con su obra de siembra de confusión. La derrota afectó su buen juicio, pues no recuerdan que los votos emitidos por el tabasqueño apenas alcanzan los 15 millones y ese número no significa en forma alguna ni el pueblo ni los mexicanos.
Rumian el fracaso, pero no lo digieren. No se atreven. El poder se les escapa de las manos. Impensable. El Enviado de Dios sacaba 40 puntos de ventaja hace un año, con el escándalo del desafuero, a su más cercano competidor, Roberto Madrazo.
Las leyes, dicen, las hicieron los de arriba para derrotar a los de abajo. Los tribunales forman parte del gran complot contra el Mesías de Macuspana. Ninguna autoridad es confiable. El país se puede incendiar. El pueblo no es tonto. Estre pregón de odio quiere que en México sólo haya buenos y malos. Los buenos, obvio, votaron por López Obrador, los malos, Por Felipe Calderón.
Gozan destruyendo la invectiva. Crean carteles artísticos en los que hacen trizas su imaginación, cuando repiten la cantaleta del voto por voto… etc. Dinamitan el buen juicio.
Y en el trono de la desesperación, El Salvador. El sabe de movilizaciones. Está en su elemento. Ha vivido de marchas y bloqueos. Le produjeron buenos dividendos, como los que recibía de manos de Manuel Camacho, cuando éste era regente.
En el Zócalo, el sumo sacerdote del fracaso alza la voz de la derrota, que los súbditos escuchan como la del triunfo. La de la Esperanza.
Allí, se exorciza a los demonios de arriba. Uno o dos millones de fieles serán redimidos con la promesa que el fraude no pasará.
Y en las calles, las fábricas, las oficinas, los hospitales, la vida continua. México no está en guerra, como quisieran algunos.
