Justificación
Desde 1920 hasta principios de los 90 –fecha en que se inicia en México la apertura democrática, de la economía y de los medios masivos de comunicación--, los principales diarios de la capital del país se disputaban el honor de presentar en su nota principal –lo que se conocía como “Las ocho columnas”— con la frase más elegante o atractiva para agradar al equipo de comunicación social del presidente de la República en turno.
Cuando no se ocupaban de reproducir alguna frase presidencial, la prensa capitalina, autodenominada “nacional”, pese a que la venta de algunos diarios y revistas así clasificados no rebasa de cinco el número de ejemplares en ciudades con más de medio millón de habitantes, agudizaba su ingenio para encontrar los epítetos más sangrantes enfilados en contra de los enemigos identificados del gobierno en turno, sin importar que el villano de hoy haya sido el prócer de ayer.
Hace 20 años durante un coloquio internacional de periodistas realizado en el Instituto Francés para América Latina (IFAL), la queja más constante de los comunicadores mexicanos se refería al desplazamiento que iban haciendo los medios electrónicos en las preferencias del público sobre los medios impresos, sin tan siquiera reparar en el hecho de que cotidianamente los 13 diarios que existían en la Ciudad de México, coincidían en seleccionar alguna frase presidencial para el encabezado de su nota principal. “Es que la soberanía es un asunto de gran trascendencia para la nación”, justificaban, por sólo citar un ejemplo.
Desde finales del mandato de Carlos Salinas de Gortari, el gobierno de la República comenzó a ser más selectivo en los subsidios que otorgaba a los medios impresos vía asignación de partidas presupuestales para publicidad oficial y ese “abandono” produjo, también de manera gradual, que la prensa buscara en los enemigos del gobierno en turno la frase precisa que describa a un gobierno torpe o represor o inepto, o arbitrario o mediocre, en busca de dividendos, ya sea en lectores, audiencia o una oferta de silencio comprado.
En la actualidad los favorecidos del Príncipe, si bien ya no coinciden en que el presidente es el hombre-que-nunca-jamás-habrá-otro-igual, encuentran formas para continuar gozando de las prerrogativas en efectivo y otras formas que otorga el poderoso, pero ocultas bajo el disfraz de “objetividad”.
La moda es la etiqueta. Wilson Bryan Key, en su libro La era de la manipulación (Diana 1994), cita que “Erenest Cassirer afirma en Lenguaje and Myth (Lenguaje y mito) que la identificación entre etiquetas o nombres y personas o cosas, es el mecanismo fundamental en la creación de mitos”. Hoy encontramos que los medios impresos y electrónicos localizan a los buenos, como militantes de “la izquierda” y a los malos como miembros activos de “la derecha”. También al revés, según sea el punto de interés de cada medio, como si ambos términos tuvieran un significado rígido, universal y eterno para todas las sociedades y todas las culturas de todos los países. Si preguntáramos a los seguidores de Leon Trotsky, José Stalin o Mao Tse Tung, o Deng Tsiao Ping, por ejemplo, qué entienden por “izquierda”, podríamos encontrar en las respuestas tantas contradicciones como suele haberlas entre los vocablos “capitalismo” y “comunismo”.
“Consciente o inconscientemente –señala Key— los seres humanos siguen siendo victimas de las palabras, las conductas ritualísticas y la inmersión en un océano de ilusiones de causa y efecto imaginarias. Los individuos modernos y educados creen estar libres de la oscuridad de la superstición y la ignorancia. Sin embargo, aceptan irreflexivamente palabras o frases elaboradas con la intención de disfrazar la realidad…”.
Es con el uso de esos lugares comunes y otras estrategias como los medios impresos y electrónicos de la capital juegan también su guerra por las preferencias del príncipe. Esas mismas armas las despliegan también por ganar lectores o rating y quienes mejor las utilizan, más se acercan a sus objetivos, que pueden ser ideológicos o económicos. Rara vez será la objetividad el eje de sus intereses.
Pero se les puede descubrir, el menos sus tendencias. Siempre habrá forma de localizar sus puntos de atención, revisando los posibles significados de sus frases, sus contrafrases, de sus lugares comunes, de sus satanizaciones y loas ocultas.
Algunos medios han incluido en sus páginas la figura del ombudsman del lector, pero ninguno de ellos cuestiona las fantasías verbales que incluyen los medios en sus encabezadosy sis textos. De la intención del significado, ni hablar.. Si acaso, se limitan a reproducir las quejas de los lectores sobre hechos aislados citados como “falsos”.
“La búsqueda de la verdad” es la promesa común de medios impresos y electrónicos, pero ninguno refleja ese afán en sus notas informativas cotidianas. Tal vez digan una “verdad” cuando refieren una entrevista con un “experto”, pero la “verdad” sólo se referirá a que, en efecto, se realizó la entrevista, pero jamás podrán acreditar fehacientemente que todo lo que haya dicho el entrevistado será verídico.
Hay otros trucos del lenguaje para “demostrar objetividad”; ”; dijo una vez, Hubert BeuveMery, fundador del diario Le Monde: "en periodismo la objetividad no existe; la honestidad sí".Con frecuencia vemos frases tales como “está científicamente comprobado”; “las estadísticas demuestran que..” “científicos de la UNAM establecen que…”, “diversas organizaciones civiles denuncian que…” o de plano, las fuentes anónimas: “de buena fuente”, “de fuente autorizada”, “en círculos cercanos a…”; “un miembro del gabinete…”, etc.
Por esta razón, nace este espacio de reflexión y análisis; que intenta escudriñar en los laberintos de los medios de comunicación capitalinos y ver sus filias y sus fobias; sus ángeles y sus demonios, para que los lectores, al menos, sepan qué leen. O los teleauditorios, que ven o escuchan.

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